miércoles, 13 de marzo de 2013




Una reflexión que no pretende convertirse en verdad

Los venezolanos hemos creído tantas cosas, pero tantas cosas y durante tantos años, que nuestra credulidad no puede tener otro fin último que el conformismo, la idiotez eterna o la neurosis colectiva. Atrapados y sin brújula, los venezolanos vamos lanzando nuestras amarguras en las redes sociales, supermercados, oficinas, bancos, colas, carritos, taxis, restaurantes, juegos deportivos, fiestas o cualquier otro espacio en el que encontremos a un incauto o  a un compañero de amargura. Vivimos quejándonos  de la realidad y a la par buscamos la forma de hacerle entender al otro que está equivocado, ya sea con chistes, caricaturas, comentarios generales, insultos, peleas o cualquier ingenioso medio que se nos ocurra. Pero por más que lo intentemos, nadie va a cambiar, (al menos en un largo tiempo) porque la argumentación y el discurso son meras palabras cuando existe un enorme abismo entre el actuar y lo dicho. Nada va a cambiar si no enfrentamos nuestra enfermedad con absoluta responsabilidad.

No nos engañemos, no somos angelitos, mucho menos perfectos, aunque nos empeñemos en resaltar y enumerar nuestras grandes acciones del día a día, nuestras largas faenas de entrega social, nuestras bondades redentoras de nuestro propio espíritu. En resumidas cuentas, debemos terminar de asumir que somos un país absolutamente  enfermo, malvado, egoísta, envidioso e incapaz de reconocer al otro. Somos una sociedad en la que cada individuo se cree portador absoluto de la verdad y la razón, pero que a su vez, es incapaz de hacer de su entorno, de su mundo, de su día a día, un lugar mejor o al menos más decente. Porque en el fondo, lo que somos es cómplices de las injusticias, de las mamarrachadas, de las prebendas, del servilismo, del poder. Somos esclavos de nuestra comodidad, nuestro confort y nuestra viveza. Somos unos cínicos de profesión y unos miedosos por convicción, aún cuando nos envalentonemos en ciertas oportunidades.

Vivimos autojustificandonos y autojustificando las malas acciones todo el tiempo y esto es porque necesitamos convencernos de que nuestro pensamiento y acción son los correctos o porque necesitamos del perdón constante para redimirnos. La crítica y la autocrítica es una negación absoluta o al menos debe serlo para poder justificar acciones que no tendrían cabida de darse del lado opuesto, es decir, el problema real es que nos importa un comino los ideales, la justicia y las buenas intenciones, lo que nos importa es mantener el poder de aquellos que consideramos están de nuestro lado y a nuestro favor, ya sea por gratitud, conveniencia, temor, interés o interpretación sesgada de la realidad. Y esto no es nada nuevo. Lo que fue malo en el pasado fácilmente puede ser bueno en el presente, lo que antes veíamos con horror hoy es justo, lo que es malo en el presente puede ser bueno en el futuro y lo que hoy es un horror será perfecto en el mañana. Total, no tenemos una clara definición de lo bueno, lo malo, lo justo y lo injusto, así que viviremos, como dice el dicho popular, escupiendo pa´arriba y condenándonos como sociedad.

Y entonces entran los detalles y, en algunos casos, la privación de poder asumir nuestras ideas y pensamientos con absoluta libertad. En ocasiones, necesitamos mantener la cordura en medio de esta esquizofrenia. Nos autocensuramos para no ofender a nuestros amigos, para evitar insultos, para parecer sensatos o simplemente para no darle pie a nuestro lado más oscuro, que por cierto, todos lo tenemos y expresamos en algún momento. En otras, necesitamos desesperadamente desahogarnos sin razón y sin medida. En cualquiera de los casos, si algo está bien claro, es que la pureza es inexistente e incoherente en una sociedad convulsionada, desmemoriada, disociada, bipolar y neurótica como la nuestra.

Otro mal que nos aqueja es nuestra suprema e incorruptible inteligencia. Aquí todos, TODOS sabemos cuál es la estrategia perfecta para ganar unas elecciones, todos tenemos la consigna apropiada, la táctica adecuada, la palabra precisa, la metodología correcta, el tiempo necesario, el liderazgo construido. Todos sabemos lo que se debe y no se debe hacer, lo que es necesario y lo que debemos desechar, lo que se debe decir y lo que se debe pensar. Somos en definitiva, lo mejor de lo mejor. Los mejores toderos e irrespetuosos del mundo.

Y así pasamos años y años, prolongando nuestra miserable vida como sociedad, asumiendo el conformismo como parte integral de nuestra existencia, aceptando la realidad vendida, adaptándonos a la sumisión y a la indiferencia, en fin, sacando lo peor de nosotros mismos o jurando que estamos comiéndonos el mundo en cada palabra dicha, es decir, engañándonos descaradamente.

El voto no hará en realidad una mayor diferencia en nuestro comportamiento, seguiremos siendo una sociedad enfermiza, desorganizada, disgregada, caótica y subdesarrollada por muchísimo tiempo y quien sabe cuánto, pero cada quien tiene el derecho y la libertad de elegir (o no) a quien le plazca, así que al menos respetemos eso, es lo único relativamente civilizado que tenemos.

PD: que conste que digo SOMOS, con inclusión, no vaya a ser que en estos días de convulsión (presente y futura) exprese alguna opinión desesperada o rabiosa en alguna red social y salgan 40 mil disparates en mi contra. Si llegara a suceder, de verdad, lo siento, yo también vivo inmersa en esta infinita locura.

Claudia Heredia

1 comentario:

  1. ESTIMADA CLAUDIA APLAUDO TU REFLEXION, Y AUNQUE EN EL TITULO DICES QUE ...NO PRETENDE CONVERTIRSE EN VERDAD", ES UNA RADIOGRAFIA DE LO QUE SOMOS LOS VENEZOLANOS Y LAS VENEZOLANAS. TE FALTO AGREGARLE QUE TAMBIEN SOMOS HECHONES, PANTACHEROS, PRESUMIDOS, ESCABROSOS, ATENIDOS A QUE OTRO RESUELVA. NOS FALTA SER CIUDADANO Y QUERER A VENEZUELA DE LA BOCA PARA ADENTRO, SER LEALES A LA PATRIA Y NO SER NACIONALISTA DE LO EXTRANJERO.
    !QUE DIOS TE SIGA DANDO SABIDURIA¡

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