Jura a Fernando VII en San Bartolomé de Honda



A decir de sus protagonistas, la villa de San Bartolomé de Honda (Colombia) juró y proclamó a Fernando VII con una grandeza, amor, respeto y alegría, como pocos lo hicieron en las llamadas Indias.

Según el relato del entonces Regidor, Francisco Gerónimo de Morales, el 25 de diciembre de 1808, se celebró una junta en casa del Alcalde Ordinario del 2º voto Don José Diago, quien había sido electo para hacer las funciones de Alférez Real. Allí, en compañía del Corregidor de esta Provincia, el Cabildo de la villa, el Cabildo de la ciudad de Mariquita, el Cura Vicario, los Prelados de las comunidades religiosas y los Jefes principales de los Tribunales y oficinas de Real Hacienda, se realizó la jura y proclamación de Fernando VII. Además, el Alférez Real ofreció un banquete a doce pobres y, con un vaso de vino cada uno, dieron vivas al Rey, haciendo “…derramar algunas lágrimas a los concurrentes…”.

Posteriormente se anunció al público, a través de bandos, los requisitos necesarios al solemne acto: “…decencia de todas las casas y calles; adorno de ventanas, y balcones; iluminaciones por tres noches…”, entre otros.

Reconocido Fernando VII como rey legítimo, el Alguacil-mayor procedió a darle el Real Pendón al Alférez Real, quien salió al balcón y descubrió el paño de seda que cubría un retrato del Soberano. Las tres mil personas que allí se encontraban gritaron: ¡Viva el señor Don Fernando VII! Y la alegría se unió “…a la descarga que hizo el piquete de 20 hombres de tropas formada al frente del balcón y mandada por su Comandante el Alférez Don Antonio Meléndez; las salvas de los dos obuses de a 4; la música del Batallón Auxiliar costeada por el señor Alférez Real; los repique de las Iglesias, y por separado los fuegos artificiales…”.

La festividad continuó con un paseo a caballo hecho por el señor Alférez Real y su comitiva, mientras el pueblo, formado en fila a cada lado del camino, engalanaba las calles con sus mejores trajes y vestidos. Todo se encontraba muy bien decorado y con “emblemas ingeniosos” relativos a la jura del Rey.

Durante el recorrido se llegó a la plaza San Francisco, donde se encontraba el primer tablado y, siguiendo las formalidades, se impuso silencio y se proclamó a Fernando VII “…regándose una suma considerable de monedas de cordoncillo”. Se continuó el paseo por la calle Real, por el puente del río Gualí, la calle parroquial antigua y la plaza Mayor, en esta última se hicieron tres salvas con obuses de a cuatro. Posteriormente se regresó a la casa del Alférez Real para servirles un “costoso refresco” a las cien personas asistentes y se fijó el Pendón Real junto al retrato de Fernando VII. También se arrojó plata y dulces secos al pueblo, quien con emoción vitoreaba y aclamaba a su Rey y amenazaba al tirano Napoleón.

Durante la noche se iluminaron todos los edificios. Ricos y pobres colocaron velas en ventanas, puertas, tablados y balcones, mientras la música “…aumentaba el placer del pueblo quien no se veía satisfecho de ver y admirar la imagen de su Soberano que bendecían llenos de un regocijo sin igual (…) Oí decir: Si ¡Fernando pudiera en este instante observar estos éxtasis, estos transportes de su pueblo! ¡Si sus ojos fuesen testigos de su fidelidad, y de su amor ¡Qué dulces sentimientos serían los de su alma! Con efecto: creo no ha habido sobre la tierra un Príncipe, ni más deseado, ni más querido, y en el concepto de todos, que haya merecido mejor estos homenajes debidos a la Majestad.

Al día siguiente se realizó la festividad eclesiástica en la Parroquial. Numerosas personas asistieron a escuchar la oración al Altísimo hecha por el Cura vicario, quien en su sermón exhortó a toda la villa a seguir el camino del honor y la virtud “…para triunfar de la tiranía del usurpador…”.

Al mediodía, se sirvieron frutas y dulces para cincuenta comensales en casa del Alférez Real. Ocasión aprovechada para que cada persona, por medio de redondillas, octavas y décimas, anunciaran felicidades y agradecieran a la villa por la cordialidad y asistencia.

En la tarde se jugaron toros, y en la noche “… se dio un famoso baile a las señoras principales del lugar, quienes procuraron asistir con lo más precioso y rico que tenían. Se les sirvió un refresco de todas aguas, y dulces, hubo decoro, hubo mucha unión, y el sarao se concluyó a las dos de la madrugada”. Las casas se iluminaron y la música y los cantos se hicieron presentes por las calles de la villa una vez más, todo sin el menor desorden.

Francisco Gerónimo de Morales terminaría su relato con una pregunta y una respuesta: ¿Y a quien atribuiremos estos buenos efectos, tan generales en los vecinos de Honda?_ Respondería a la Fidelidad, al amor, al respeto, que siempre han acreditado a sus Soberanos y a sus leyes”.


Relación de la augusta proclamación del señor Don Fernando Séptimo, Rey de España e Indias, ejecutada en esta villa de San Bartolomé de Honda el veinte y cinco de diciembre de 1808.

Archivo Histórico Nacional España

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