A 200 de la independencia, ¿cuánto hemos cambiado?


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Hace algún tiempo, mientras realizaba una investigación, me encontré con el escrito Reflexiones sobre los obstáculos que se oponen al establecimiento sólido del gobierno democrático en las provincias de Venezuela y medios de removerlo, el cual llamó profundamente mi atención y me hizo reflexionar sobre el país que tenemos. Es por ello que quisiera compartir con ustedes un extracto de este documento, el cual apareció en el periódico Patriota de Venezuela en 1811 y cuyo escritor prefirió el anonimato. Una vez leído no quedará más que preguntarse cuánto hemos cambiado.

Cual un niño que acaba de ver la luz, sólo oraba a tientas, y hubiera sido bien fácil encadenarle de nuevo, si los hierros se le hubiesen presentado con el halagüeño nombre de libertad, Libertad, Libertad; exclaman todos sin saber en qué consistía esta misma libertad que adoraban. Acostumbrado a no pensar jamás, la política le era tan desconocida como sus derechos, y puede asegurarse que aun los Próceres que colocó a la cabeza del gobierno, ignoraban qué giro darle a la máquina política. Ebrios los unos y los otros con el placer de haber derrocado la tiranía, nada más pensaron en los primeros momentos, que en dar libre vado a sus deseos, y satisfacer lo que más anhelaban los americanos en el régimen anterior; esto es, aquellas vanas distinciones, aquellos oropeles que tanto les escaseaba la tiránica corte de España para hacérselos desear, y para ganar a todos aquellos a quienes los concedía. Se inundaron a consecuencia las calles y las plazas de la capital de galones, de bordados y de charreteras, y los jóvenes hacían manifestación de estos ridículos ornatos como si los hubiesen conseguido por el mérito o por la virtud. No pocos fenómenos militares se vieron entonces. No era raro ver a un simple ciudadano condecorado con las insignias de Coronel, sin haberse jamás dedicado un día de su vida a la carrera militar. Comisarios ordenadores, Comisarios de guerra, Oficiales reales salían del polvo, y Caracas podía llamarse el almácigo de las distinciones ultrajantes al mismo sistema que se proponía. Tales fueron los primeros pasos del gobierno constituido en Caracas después del 19 de Abril, y tales los deseos del pueblo en esta misma época. El erario no pudo sufrir las cargas que el produjeron tanta multitud de empleados y se vio agotado antes que ni el gobierno ni el pueblo pensasen en proveer los medios de sus seguridad. Cerca de dos millones de pesos desaparecieron el año de 1810; y sucedió la penuria a la abundancia. Una mano económica en la administración hubiera hecho grandes bienes al Estado, y un gobierno más firme hubiera reprimido el flujo de los ciudadanos en querer aparecer superiores a sus demás conciudadanos por medio de brillantes y pueriles distinciones. Un gobierno más firme no hubiera condecorado sino a la virtud, no hubiera igualado al hombre de nada con el ciudadano benemérito, y hubiera comenzado a echar los primeros cimientos del gobierno republicano.
Nada había más dispuesto por el pueblo caraqueño para iniciar esta grandiosa obra. Verdad es que, compuesto de partes bien heterogéneas, la mayoría estaba y está corrompida por aquellos vicios, consecuencia forzosa de un régimen opresivo. La adulación, la bajeza, la intriga, el deseo de brillar y distinguirse eran el alma de la mayor parte de los habitantes de Caracas. Los mismos que veían con el más alto desprecio a un conciudadano honrado no tenían a menso humillarse, abatirse y mendigar servilmente le favor de un prócer de la España y las casas de aquellos sátrapas se veían llenas diariamente de humildes americanos, sólo orgullosos para con sus compatriotas. Tanto abatimiento no podía menos que envilecer el alma, y dejar grabada profundamente en estos individuos la vergonzosa pasión y el desmesurado deseo de ser más que los demás hombres, y de considerarse entes superiores a sus demás conciudadanos porque mecerían el favor de los jefes europeos. No es ésta, a la verdad, la base de un sistema republicano; no son estos vicios los que pueden establecerlo, a menso que se quiera formar una aristocracia que haga una parte del pueblo esclava de los pretendidos nobles. Mas no quiere la mayoría semejante gobierno, y jamás podrá establecerse en las provincias de Venezuela. ¿Pero el pueblo podrá soportar un gobierno democrático en el estado de corrupción en que se encuentra? ¿No se confundirán la libertad y el libertinaje y la anarquía será una consecuencia? Reflexionemos sobre tan importante materia y, sin salvar las barreras que se oponen a un establecimiento tan útil, manifestemos si es posible los medios de conseguirlo. Corrompido está el pueblo caraqueño; verdad funesta que desgraciadamente no necesita de prueba; aun no se tiene idea de la virtud republicana; otra verdad no menos importante. El gobierno aun no tiene la firmeza y severidad necesarias para hacer obedecer las leyes; tercer axioma no menos cierto que los antecedentes. Y sin embargo nada había más dispuesto que el pueblo caraqueño para iniciar la grandiosa obra del republicanismo establecido sobre bases sólidas, justas y equitativas.

(…) El pueblo mismo por falta de freno no sabía cuál era la raya de la libertad, y sin constitución ni leyes (pues las que había conservado el gobierno se violaban a cada paso), ha sido un fenómeno raro que haya podido subsistir la sombra de un régimen gubernativo.
Un buen legislador, colocado al frente de los negocios en aquella época, hubiera comenzado por hacer una declaratoria de los derechos del hombre, sin artículos capciosos que produjeran la desconfianza del pueblo. Un buen legislador hubiera dicho a este pueblo: el fin de la asociación es la felicidad común, y ésta consiste en el goce de los sagrados derechos de la libertad, la seguridad, la propiedad y la igualdad...”.

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