miércoles, 20 de julio de 2011

De lo pintoresco y tradicional



La ciudad que no vuelve es aquella que recordamos. No podría volver. Es la Caracas de los amaneceres familiares. Alegre por íntima. Estampada en esas imágenes que parecen grabadas en la infancia para cobrar mayor intensidad en la nostalgia, con los años. Y no es tan distante el espacio que de ella nos separa. No hace mucho tiempo de las cargas de frutas, leche, pan y carbón, en burros y carretas. La pobreza del país de entonces hizo austeros a los caraqueños.

El arquitecto Gustavo Wallis recordaba hace poco, con sonriente rostro de sorpresa, como en una fotografía tomada por él en la esquina Veroes _el año 42_ aparecen 19 mulas atravesando la calle hacia la Santa Capilla. Entonces la circulación de vehículos automotores era escasa. Wallis guarda el testimonio como un tesoro.

Frescas están las imágenes de los arreos con música procedente de burritos campaneros; o las carretadas de malojo en dirección a Bárcenas, por los empedrados de las calles. En Bárcenas había cocheras. Desde temprano escuchábase el pregón de los distribuidores de leche y el pan que recorrían las calles a caballo. Más tarde aparecían el amolador y el frutero. En muchas esquinas amanecían adormitados los serenos envueltos en sus ruanas. Era la Caracas fresca, risueña que pervive en algunos lienzos de Brant, Golding o Monsanto.

Se encendían las luces al atardecer. Resaltaba la discreción con que las muchachas aventuraban sus rostros detrás de las celosías en las ventanas. Los coches y tranvías de lento paso como únicos ejemplares de progreso en aquellos tiempos, en grata armonía con los coches o el burrito campanero. Con aquellas estampas desaparecieron, también, en mucho, señoría, respeto y buenos modales como característicos de la ciudad íntima que crece en el recuerdo.


Guillermo José Schael, La ciudad que no vuelve, 1968

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